El valor artístico de los índices de audiencias (I)

¿Tiene el público capacidad de elección o es una marioneta de la Industria Cultural?
¿Tiene el público capacidad de elección o es una marioneta de la Industria Cultural?

(Resumen de la ponencia que participará en el congreso Crisis cultural y cambio artístico que se celebrará en Barcelona el 12 y 13 de Junio de 2015 organizada por el comité de Sociología de la Cultura y de las Artes de la Federación Española de Sociología).

Título: EL VALOR ARTÍSTICO DE LOS ÍNDICES DE AUDIENCIAS

Autora: Esther Marín Ramos

Resumen:

Esta comunicación explica la expresión artística de las audiencias cinematográficas basándose en su capacidad de elección. En concreto, realiza una aproximación al concepto de elección desde diferentes perspectivas: la microsociológica, con la teoría del Encuadre o Frame (G. Bateson y E. Goffman); la del arte, con M. Duchamp y el conceptualismo; y la de la Comunicación Social con la Teoría del EMI-REC (J. Cloutier).
Todas estas perspectivas confluyen a la hora de cuestionar la pasividad del espectador denunciada por la Escuela de Frankfurt tras la eclosión de los medios de comunicación de masas. También vaticinaron el empoderamiento que se produce del espectador en la época de la saturación del mensaje, cuando la necesidad y el esfuerzo que comportan las selecciones subjetivas les confieren un valor creativo y un aura inesperado, enormemente prometedor como antena del imaginario colectivo y de los estudios sociales.

Palabras clave: Sociología de la cultura y de las artes, Comunicación social, enfoque; EMI-REC, Marcel Duchamp, receptor y contexto, audiencias, consumo cultural.

Introducción:

La propuesta framing del conceptualismo

En una sociedad en la que el problema es la confusión creada por la avalancha informativa, la inflación de la imagen, y lo que es más importante, la latente infinitud del mensaje incontrolado de la telemática, el receptor tradicional, modélico neurótico, acostumbrado a jugar en base a unos límites siempre impuestos desde fuera, por primera vez no encuentra un agente externo al que responsabilizar de su desconocimiento, consciente ahora de su parcialidad.
La situación del individuo perdido en la espesura de un bosque incontrolable, sin camino ni guía al que acudir, nos remite al mismo lugar en que encalló el hombre moderno científico al desmitificar a sus dioses, es decir, al irracionalismo impuesto por las religiones monoteístas, pero ahora el proceso se extiende al concepto de verdad ontológica. El conocimiento tampoco sirve para conocer, al menos no como ha sido considerado hasta hoy. La sensación de fragilidad y pusilanimidad del individuo expuesto ante esta situación es más transcendente de lo que creíamos y alcanza también al ámbito “sagrado” de lo objetivo

El urinario que Marcel Duchamp esgrimió hace ahora casi un siglo en una exposición que abandonaron escandalizados la mitad de sus miembros -la mayor parte amigos suyos-, vino a constituir la primera piedra de una propuesta que lo que entonces sólo era una realidad intuida y ahora una aplastante realidad: si el problema es la confusión, la saturación de conceptos, de nociones y convenciones impuestas, la respuesta es la selección. La selección como forma artística.
El arte contemporáneo, dice Duchamp, más que ningún otro, exige de la participación activa del observador, hasta el punto que sin ella la obra no queda concluida. Junto al artista, un amplio abanico de actores participan de la actividad artística, como galeristas, directores de museos, periodistas, críticos… y, en general, todo aquel que observa la obra de arte. Aquel que se detiene y medita delante de una obra la crea tanto como su creador.

La participación del receptor en la obra cultural. Aportes desde la neurología, la sociología y la Teoría de la Comunicación Social.

En realidad la idea lanzada en 1917 por Duchamp en la que el público completa a discreción la interpretación de una obra, no sería teorizada hasta la década de los sesenta, cuando la psicología cognitiva descubre el papel de la recepción en la comunicación. En concreto, los estudios de la escuela Construccionista de Palo Alto, o Psicología de la Comunicación, demostraron científicamente, apoyados en el rápido avance de la neurología, que la interacción es la clave del comportamiento humano. G. Bateson y P. Waltzwick justificaron que es imposible conocer el efecto que provoca un mensaje sin tener en cuenta su contexto, ya que el proceso comunicativo no funciona de manera lineal, sino circular, en retroalimentación. Descubrieron que en la comunicación nadie es solo receptor pasivo del mensaje. Es imposible no participar. Aproximadamente una década más tarde, el canadiense Jean Cloutier, elaboraría un nuevo esquema de comunicación mediada aplicando estos conceptos. El tradicional esquema de comunicación (Emisor > mensaje (medio-código) > Receptor) queda invalidado por una explicación mucho más completa y acertada de cómo funciona la comunicación social: aparece el Emirec, un nuevo agente de la comunicación que, gracias a los self-media, es Emisor y Receptor a la vez, rompiendo con la unidireccionalidad del proceso Efecto > Respuesta. Es sólo a partir de ese momento que la comunicación empieza a tenerse en cuenta como un proceso cíclico, mucho más complejo, que se retroalimenta continuamente de todos los agentes que participan en él.

(Continuará…)

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