Renacer en el cine

feto gravity

Artículo original publicado en Vaho Magazine by Esther Marín

La crítica abusa de centrarse en el fatalismo como si en ello les fuera el intelecto, o si no ¿por qué se califica de apocalípticas las obras que tratan de supervivencia? El desencanto ochentero nos dejó hambre de esperanza y es por eso que una tiene ganas de parir esta columna, como esta nueva revista y hasta el curso estival, haciendo un reconocimiento a esa realidad cinematográfica de la que tan poco se habla pero que está explosionando delante de nuestras narices como hace la primavera. Durante este último mes hemos asistido al estreno de grandes películas como La habitación (The Room, Abrahamson, 2015), El Renacido (The Revenant, González Iñárritu, 2015) o La Modista (The Dressmaker, Moorhouse, 2015), que nos apremian a reflexionar sobre una tendencia clave en el cine  postmoderno: el argumento del renacimiento al que se suscriben tantos otros filmes y directores de éxito, tanto de taquilla como de crítica, desde hace más de una década. Los argumentos de la liberación y la surgencia están en boga en el imaginario colectivo de nuestra cultura y es preciso admitirlo y cuestionar por qué ahora la gran pantalla nos ofrece este tema de manera tan recurrente.

El gran premiado de los Oscar de este año ha sido el filme basado en la leyenda del explorador Hugh Glass que, tras ser atacado por un oso, cuentan que sobrevivió y vagó por los bosques de la América salvaje con el cuerpo y el alma destruida. En esta gran aventura de supervivencia, Iñárritu, como haría Cuarón con Gravity (2013), encuentra la excusa para contarnos un viaje iniciático de corte espiritual pero inmanente y plantearnos que renacer no es sobrevivir sin más. Glass no nace cuando el odio lo desentierra, ni a medida que va cercando a un enemigo o escapando de otro. El héroe de Iñárritu renace cuando consigue ver pasar a su adversario frente a él sin que éste le haga daño. Y para llegar a eso pasan cosas que van empujando la tozuda cabeza del explorador hasta abrirse paso por la pelvis y luego por la vagina de la madre naturaleza hasta lograr nacerse a sí mismo, por primera vez, desde que quedara enterrado vivo tras la primera aflicción, la primera pérdida, y así poner fin a la muerte en su vida.

Con la intención también de saldar cuentas del pasado llega la modista (Kate Winslet) a su pueblo natal en la última película de Moorhouse. No es fácil que la crítica masculina se identifique con esta mirada basada en la novela homónima de Rosalie Ham que convierte en un cuento la forma en que la cultura impone una imagen de femme fatal a la mujer y cómo ésta es capaz de liberarse de esa carga. Pero quien sea capaz de superar “el escollo”, descubrirá un filme deslumbrante donde la creatividad transformadora de su heroína nos hará recordar la magnífica Festín de Babette (Axel, 1987).

Y de nuevo una mujer, lo que no es baladí, es el totem del renacimiento en La habitación o, lo que es lo mismo, cuando una película ya no narra sino que adquiere el poder de transportarte a una situación y lograr que el mismo espectador sea el sujeto de la liberación, con la perfecta gradación que requiere el desarrollo de la confianza del bebé para nacer pero, también, con la perfecta urgencia, para comprender la crucialidad de esa oportunidad única. A excepción de The Piano (Campion, 1993) y alguna otra, pocas películas han sabido reflejar la esencia de ese momento con la fuerza de la obra de Abrahamson. Ni el parapléjico Jacke Sully de Avatar (2009), ni el prófugo Cobb en Origen (Inception, Nolan, 2010), ni el accidentado escalador de 127 horas (Boyle, 2010), ni el náufrago Pi (The life of Pi, Lee, 2011), ni las desesperadas mujeres de Io sonno l’amore (Guadagnino, 2009) o Villa Amalia (Jacquot, 2009), ni la inmortal joven de El secreto de Adaline (Krieger, 2015), ni el candidato al senado en Destino oculto (The Adjustment Bureau, Nolfi, 2011), ni la sociedad entera en Matrix (Wachowski,1999-2003), en Hijos de los hombres (Children of men, Cuarón, 2007) o en Interstellar (Nolan, 2014), han llegado a hilar tan fino, aunque todas ellas tiran de la misma idea, por mencionar solo algunas de las cientos de películas que desde hace más de una década insisten en recordarnos que la heroicidad reside en creer y crear una vida propia a pesar de todo, de los límites, de las normas, de los dogmas y las imposiciones, de la consciencia adquirida, en definitiva.

Qué muerte

qué suerte

qué sorpresa

¿Mi voluntad ha escogido la vida?

Y sin embargo me asusta,

a mi y a otros muchos también” (Adda en The Piano, 1:48’:41”)

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