El mito de la masculinidad: ‘Fuerza mayor’

Por Esther Marín Ramos. Ver también en Vaho Magazine

fuerza mayor
Fuerza mayor (R. Östlund, 2015)

Todas las culturas, todas las épocas tienen sus mitos, mudables, superpuestos y tantos. Yo crecí en el mito de la igualdad, de las mismas oportunidades. Y la experiencia se encargó de demostrarme lo entrañablemente ilusos que fueron aquellos jóvenes de los setenta, nuestros padres, que creyeron ofrecernos un mundo lleno de oportunidades.

Sobre el daño que hacen las convenciones respecto a la idea de la masculinidad y el patético trabajo que exigen para ocultar del hombre lo que consideran ignominioso o fuera de sus marcos, versa este imprescindible filme del sueco Ruben Östlund (2015) que se proyectó en la filmoteca de Alicante el pasado 16 de abril: Fuerza mayor (Force Majeure). Este es uno de esos casos irritantes en los que una película que tendría una buena acogida del público es obviada, sin embargo, en la cartelera comercial alicantina. Porque estamos ante un filme que habla de una realidad cercana y mayoritaria, que lo hace sin intelectualismos, a través de hechos y de una acción genialmente seleccionada y que, además, trata a un mismo nivel de profundidad tanto los personajes femeninos como los masculinos y, por tanto, conecta sin distinción de género de manera muy amplia. Pero, en este caso, de nuevo, el fantasma de las convenciones sobre lo que puede ser considerado cine comercial y lo que no, escudada en la ignorancia de los gestores culturales, menosprecia a las audiencias y desaprovecha obras, como ésta, de gran impacto social. Parece haberse olvidado que la originalidad narrativa, por ejemplo, de El Graduado (M. Nichols, 1967) no evitó que se convirtiera en una de las películas más vistas en la historia de EEUU, y lo hizo porque su argumento destapó, como en este caso, la hipocresía escondida tras las convenciones burguesas del momento. Pero, bien, al menos aún nos queda la Filmoteca a la que debemos el estreno en Alicante de este filme.

Hace ya diez años que en un interesante curso de verano de la UA en Benissa, el biólogo Julio Sanjuan comenzó su clase magistral con unos datos que cambiarían mi perspectiva sobre el género sexual desde entonces. Los países de mayor tradición e inversión en programas para la igualdad de género, como Finlandia, Suecia y Noruega, siguen siendo los que cuentan con mayores cifras de asesinatos por violencia machista, pese también a su bajísimo nivel de violencia social y delincuencia. Sanjuan aportaba esta información para explicar que los estudios sobre el cerebro humano que se vienen haciendo desde los 90 solo han observado diferencias científicamente constatables entre los cerebros del hombre y la mujer, y por ninguna otra razón, ni de raza, ni de clase, ni de nivel cultural. Es decir, que nuestro cerebro, porque es parte de nuestro cuerpo, tiene sexo. Es cierto también que los mismos estudios constatan la mutabilidad de estas diferencias en base a la experiencia, y los hábitos son capaces de modelar nuestra fisiología cotidianamente, pero no dejan lugar a dudas de que nos enfrentamos a algo que cambia muy lentamente y no al ritmo que nos gustaría, ni siquiera al mismo que la concienciación social.

Por eso que Fuerza mayor solo podía ser sueca o del norte de Europa. En estas sociedades ideológicamente igualitarias, que van muchos pasos por delante de la nuestra, el debate actual en lo que a género sexual se refiere, ya no reside en la condena social del machismo, que se da por defecto, sino en conocer el poso primario de las diferencias entre sexos para no dejarse llevar por ellas y tratar de paliar los desequilibrios que generan.

Durante unas vacaciones en los Alpes, una avalancha de nieve amenaza las vidas de los protagonistas, lo que provoca la huida repentina de Tomas, que abandona a su mujer e hijos a merced del peligro. Cuando el suceso termina sin ocasionar daños, ha dejado, sin embargo, una sombra que va a resquebrajar la estructura familiar.

El autor del filme aprovecha este hecho fortuito, para, a través de él, hacer aflorar de manera insoslayable un comportamiento machista que siempre estuvo latente en la vida familiar de los protagonistas, como Tomas reconoce al final: “lo peor es lo que hice antes: he mentido, he sido infiel, hago trampas incluso [con mis hijos], soy un hombre patético, que no soporto más. […] Soy víctima de mí mismo también.” El accidente de la avalancha evidencia esa realidad de una manera tan flagrante que consigue detonar todo lo que para el protagonista hasta el momento constituye su identidad.

La cuestión que plantea el filme, a partir de este acontecimiento, no es ya la condena o no de los reductos de machismo arraigado, sino la de qué hacer cuando estos aparecen de manera incontrolable. La comparación que hace su director, Östlund, con las avalanchas de nieve, con esa Fuerza mayor que hay que preveer y contrarrestar a través de las pequeñas explosiones controladas que se llevan a cabo en las estaciones de esquí para evitar el riesgo, no es trivial y actúa de hermosa metáfora en un filme sobresaliente, majestuoso y vibrante en lo que a su arquitectura formal se refiere.

¿Qué hacer ante amenaza natural? ¿Dejamos que se convierta en una bola de nieve cada vez más grande que acabe aplastándolo todo o, finalmente, conseguimos zanjarla en un susto, a partir del cual somos capaces de reconducir las cosas? El principal escollo, que muestra el filme, para tratar de minimizar estos reductos inconscientes de machismo, son los vestigios de una educación tradicional que impone al hombre no reconocer sus propios errores, como si en ello le fuera la masculinidad. De manera que, lo que podía haberse quedado en una oportunidad para la reflexión y el cambio de una conducta abusiva e irresponsable que ya veía dándose en la familia, se agrava, se convierte en una bola de nieve que sigue creciendo, porque no se quiere admitir su importancia. El protagonista se obceca en mantener una hipocresía que también es la de nuestras civilizadas sociedades, para esconder incluso de sí mismo lo monstruoso que a veces puede llegar a ser. Y, sin embargo, hasta que no acepta esta posibilidad, no es capaz de actuar en consecuencia para compensar el desequilibrio.

No es posible transitar sobre estas ideas sin mencionar a Magnolia (1999), flamante filme de P. Th. Anderson que igualmente versa sobre los estragos del machismo tanto para la vida del hombre como de la mujer y que constituye otra rara avis en el espectro testosterónico que domina la mirada del cine de todos los tiempos: “No tengo que disculparme por ser como soy” responde el machirulo Frank Mackey (Tom Cruise) a la periodista que le pregunta por qué miente; “Sí lo sabes, pero no lo dices” le insiste Rose a su marido incapaz de reconocer el abuso infringido a su hija; el padre de Mackey (Jason Robards), en cambio, en un acto cabal a punto de morir se retuerce de vergüenza al recordar su pasado –“porque yo quería ser un hombre […] y no quería que ella fuera algo libre y pensante”– y clama, ante un absorto Philip Seymour Hoffman como testigo: “¡Usa el remordimiento! ¡Arrepiéntete! ”, para que el relato no lo condene y su historia no sea la de alguien que huyó, si no la de quien fue capaz de enfrentarse y superar sus propias falencias.

Y es que, como muestran tanto Fuerza mayor como Magnolia, hay algo de ese patriarcado que denostamos relacionado íntimamente con una memoria histórica microscópica, con la ausencia del perdón como la verdadera pandemia de nuestro tiempo y la clave que imposibilita el cambio y la superación. Oh capitán, mi capitán de la masculinidad –habrá que rezar– líbrame de los mitos impenetrables y solitarios del western, de los resabiados del cine negro, y concédeme la gracia del vulnerable, del que vuelve al aprecio por el otro y reconoce sus errores; aunque ello conlleve soportar un esfuerzo histórico y verdaderamente heróico porque, como dice al fin el ejemplar policía de Magnolia (J. C. Reilly), “lo más duro es hacer lo correcto”.

magnolia
Frank Mackey (Tom Cruise) en Magnolia (P.T. Anderson, 2000)
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