Las malas madres

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Artículo original para Vaho Magazine by Esther Marín Ramos

Indagando sobre Las Malas madres (Lucas, Moore, 2016), la comedia que acaba de estrenarse, me he topado con una Web tocaya que barre en la red española, con casi doscientas mil seguidoras en Face y otras tantísimas en Twiter, Instagram y lo que haga falta: El club de #malasmadres. La fórmula de esta revista interactiva, como la de la película, es buena: liberarse de la suprema exigencia que padecen las madres-mujeres-para-todo de hoy, de la culpa constante por no llegar a cubrir las expectativas de sus múltiples roles. No voy a contar nada sobre la película que espero consiga el favor del público tanto o más que su homónima masculina Resacón en las Vegas, aunque solo sea para confirmarme algunas cosas. Pero sí voy a aprovechar su referencia para reflexionar sobre el tema, que como refleja la increíble popularidad del club malasmadres, tiene mucho que decirnos sobre las dificultades actuales asociadas con la maternidad. Sobre la revista digital, a excepción de la idea, solo apuntaré que si esperas encontrar transgresión en ella, te decepcionará. Entre estilistas, runners, expertas en alimentación, cosmética, decoración, educación emocional, sexo, psicología y emprendedurismo, al final, este club se ha convertido en aquello que dice criticar: un obsceno conglomerado de información imposible de asimilar e, incluso, imposible de hojear, sin sentirse culpable. Un buen truco de mercadotecnia, sin embargo: convencerte de la superioridad del medio y de que sin él es imposible dar la talla. Como otrora hiciera el Corte Inglés con aquella mayoría abducida por alcanzar el Estado del Bienestar y una posición entre las clases medias. Menos mal que existen otros marcos o Frames, como los llama Goffman, para filtrar todo lo que emite esta “bendita” sociedad 2.0.

Cayeron las viejas normas que nos decían lo que se debía o no se debía hacer, especialmente a las mujeres y, aún hoy, nos queda algún reducto de ello en esa #buenabuela que cree tener la condición de guía de nuestra labor maternal. Pero lo cierto es que hemos dejado de oír su voz hace mucho a este respecto. La realidad que aquellas madres vivieron es tan distinta y, en muchos casos, opuesta a la nuestra, que cuanto más se esfuerzan por intervenir, más remarcan nuestra soledad. Como el sexo desesperado o la música estridente con la que a veces una trata de huir: exactamente proporcional al vacío.

Pero, como decía, ya nada es igual. Un día te encuentras imbuida de lleno en la moral tradicional de tu santa madre y, de pronto (porque fue así, de pronto, para muchas de nosotras), te das cuenta de que te la han jugado. No hay ascendientes, ni compañeros, ni ciencia, ni ficción, ni referente alguno que te ayude a capear la multitud de encrucijadas que suponen tratar de ser la mujer que siempre quiso tu papá (número uno de tu promoción, idiomas, exitosa profesional…) y la que quiso tu mamá: madre de teta incondicional, sin epidural ni guarderías.

Y todo eso sin ningún otro marco más que el del sagrado “psicologicismo” que echa sobre nuestras espaldas todo el peso y la responsabilidad de cualquier marrón en el camino. Incluso la culpa de sentir culpa. En estos tiempos de la opulencia y la aparente sobreabundancia de opciones, nunca hemos estado más desamparados, dicen Bauman y Lipovetsky, entre otros, y mucho más desamparada que nunca ha estado la mujer-madre, dicen Victoria Sau o Eva Illouz, entre otras, y lo suscribo.

Algunas madres recientes me escuchan escandalizadas cuando me pronuncio sobre el tema y miran hacia otro lado mientras la #buenabuela, el #buenmarido o la cuidadora de turno evitan que la sangre llegue al río y ellas se vean obligadas a despertar del síndrome de la pastilla azul. Pero digan lo que digan, la condición de la maternidad, mucho más que la paternidad, está expuesta hoy a una carga y presión social infinitamente mayor que los apoyos o recursos para llevarla a cabo. Y eso es lo que está mal, muy mal: la #malasociedadparalasmadres.malasmadres-759x500

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