‘Stranger Things’ o el otro lado del frikismo

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Rubén Gómez Radioboy

Artículo original en Vaho Magazine, by Esther Marín Ramos.

A estas alturas ya sabréis que esta serie de la que todo el mundo habla es un homenaje al cine de ciencia ficción de los 80, especialmente de Steven Spielberg: Poltergeist, Los Goonies, E.T. el extraterrestre… Sobre todo E.T. está por todas partes en Stranger Things. Y diréis que así es fácil, que acudiendo a una cinta que se encuentra entre las primeras en el ránking de taquilla de todos los tiempos, tener éxito es previsible, pero no. Precisamente una se extraña de lo mucho que sorprende y cautiva esta serie a pesar de conocer tanto sus obras de referencia y, sobre todo, a pesar de que esas obras no la hubieran a una cautivado tanto. Ni siquiera otras de sus numerosísimas virtudes igualmente alabadas, como su guión, la lograda ambientación de la época, el nivel de sus interpretaciones, o el repertorio de temazos ochenteros de su banda sonora, ni siquiera todo ello es lo suficientemente significativo para causar el furor que ha plagado las redes desde mediados del pasado julio. Para contar lo que los hermanos Duffer, sus creadores, han contado en Strager things no sólo hay que hacer un genial resumen de lo mejor de sus referentes narrativos. Hay que tener muy claro lo que contar, y hacerlo usando las más entrañables reminiscencias emocionales como el que ahonda en una brecha, en el “portal” de acceso al recóndito inconsciente.

Stranger Things es una serie de inadaptados, para inadaptados, de la clase que sean, eso que somos todos en mayor o menor medida y en algún u otro momento cuando sufrimos. Su historia nos recuerda ese otro lugar desolador que está ahí, justo donde te encuentras. La Negra sombra de Rosalía, ese lugar al que accede el vulnerable, al que es proclive el que tiene una herida abierta sea consciente o no de ella y donde solo hay muerte. Está tan cerca, pero al que cae en él le es imposible salir por sí mismo y es infranqueable para el resto. Ese es su terror, la impotencia que debe ser superada.

(Spoilers a partir de aquí)

Por eso el pequeño Will intenta salvarse comunicándose, aunque sea de esa manera tan rudimentaria que utiliza (si es que la utiliza) el que cae al otro lado. Por eso cae en él también Barb, otra friki (como el resto del elenco) a la que su amiga deja de lado. Will aguanta porque tiene un refugio sagrado construido por él mismo y porque tiene a su lado gente capaz de arriesgarse e introducirse en ese otro lugar hasta acabar con el monstruo.

Stranger things habla de que solo el amor puede salvarnos. El amor que hace inmunes a Nancy y Jonathan, y a todo aquel que sabe rectificar a tiempo como el superficial y profundamente solitario Steve; el amor inmenso que puede sentir alguien que sabe lo que es la pérdida, como el atormentado jefe Hopper o como la desesperada Joice (fantástica interpretación la de Winona). El amor sano que une a unos amigos que se toman en serio su amistad, sus incursiones en los juegos del horror y su propio código ético. Esa es la clave de su unión a prueba de fuego.

Por eso es que la pequeña Eleven (Once), que ha crecido entre esos que dicen quererla, fascinados por lo que pueden extraer de ella, pero inmunes a su dolor… corre. Huye de allí y busca a alguien capaz de cuidarla cuando lo necesita: una historia tan sencilla como inextricable que está barriendo audiencias en estos tiempos de vacío.

 

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