Solo los cisnes cantan antes de morir

cisneArtículo original para Vaho Magazine by Esther Marín Ramos

Quizá sus autores no lo pretendieran, pero Opus finale es todo un homenaje al Conservatorio Superior de Danza de Alicante. Y aunque el director del centro prefiere llamarlo escuela, por ese punto involucionista del vocablo ‘conservatorio’, hay legados que vale la pena preservar del paso del tiempo. Federico Lizón y Vicente Arenas, los padres de este cortometraje que hace poco pude ver por primera vez en petit comité, así lo han creído también y, para demostrarlo, han comenzado por contar una historia ambientada en las aulas de esta hermosa escuela a través únicamente de la música y el baile. Sin una sola palabra.

Y es que a veces no hacen falta palabras. Una llega al emblemático edificio que aloja al CSDA y se queda impresionada. Impresionada al subir las colosales escaleras de este titán envejecido que flamea en lo más alto del monte del Tosal sin que nadie sepa que está aquí. Impresionada al recorrer sus salas de más de cien metros cuadrados sin una sola columna, pero sobre todo impresionada de cómo este coloso de la arquitectura racionalista en Alicante se descascarilla como si fuera la tapia de un solar abandonado.

Construido en 1954 por Felipe López Delgado (el mismo arquitecto del vanguardista cine Fígaro de Madrid), muchos relacionan este porte riguroso con el régimen franquista y olvidan el débito de su diseño al constructivismo ruso, a la huida de la ornamentación superflua que emana de cada ángulo, a la solidez de las vigas de este edificio ideado para servir al pueblo de manera inalterable al paso del tiempo, de guerras e ideologías. Un emblema de permanencia pese a todo.

Igualmente progresistas son los frescos que alberga el conservatorio pintados por sindicalista Gastón Castelló: murales de motivos populares, costumbristas, sin sofisticaciones, lucen víctimas del más absoluto abandono desde hace más de tres décadas. Tirando de la hemeroteca, leo algún artículo que fijaba su restauración para hace dos años, hecho que ahora tristemente comprobamos se limitó a subsanar las obras de la antigua central de autobuses. Y parece que la cima del monte del Tosal se ha convertido en un obituario para el olvido, alejado de las miradas y el tumulto de la urbe.

El final del cortometraje de Lizón y Arenas, e incluso su título, se mantuvieron abiertos hasta el último momento. Y es fácil pensar que algo de la decadencia que rezuman las paredes de las aulas en las que se rodó acabaron imprimiendo ese aire gótico que ofrece la cinta. Estas paredes del edificio de López Delgado que ahora, en la que parece su última función, albergan las notas y movimientos de músicos y bailarines, como el canto del cisne, cantan mientras mueren, sin recibir la mirada que podría devolverles su antiguo esplendor.

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