El hechizo de las bandas sonoras

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Autora: Luna Genoveva

Para Vaho Magazine by Esther Marín Ramos.

Son los maestros del ruido de fondo, del ambiente que envuelve las tramas, de eso que está sin que nadie lo note, sin palabras ni explicaciones y que resulta, por eso mismo, tan potente, los encargados de insuflar vida a las películas, ese hálito que las hace respirar y llevarnos donde quieran. Todo el mundo recuerda sus obras y sin embargo, casi nadie sus nombres. Parecen hechos de la misma naturaleza que sus composiciones, de algo etéreo e intangible, pero los mejores directores de cine se mueren por trabajar con ellos, porque, como alguno de ellos ha dicho, los compositores de bandas sonoras son la octava del arte cinematográfico, su expresión más excelsa y abstracta. Ennio Morricone (La Misión, Cinema Paradiso, Los intocables, Los odiosos 8…), John Williams (E.T. el extraterrestre, Harry Potter y la piedra filosofal, La lista de Schindler…), John Barry (Memorias de África)… Desde los clásicos como Elmer Berstein (Matar a un ruiseñor, La Gran evasión…) o Henry Mancini (Desayuno con diamantes, Días de vino y rosas…), hasta los más modernos como H. Zimmer (Piratas del caribe, Inception, Interstellar, El caballero oscuro…) o Alexander Desplat (La chica danesa, El Gran Hotel Budapest, El discurso del rey…).

Muchos de ellos fueron homenajeados anoche (el domingo noche) en el último concierto de la gira que la Film Symphony Orchestra ha ofrecido en España durante el pasado año. No quedó ni una butaca vacía en el Auditorio de la Diputación de Alicante a pesar del precio de sus entradas (entre 40 y 50 euros). Grandes músicos, espectáculo y una cuidada campaña de marketing: FSO ha creado una fórmula que, como el cine de grandes audiencias, barre donde quiera que va.

Tino Martínez-Orts, ideólogo y director de esta sinfónica dedicada a divulgar las mejores composiciones de bandas sonoras del cine, es pequeñito y nervioso, pero sale al escenario con su sotana estilo Neo y eleva su estatura como la temperatura del auditorio y hasta nos hace creer que su batuta no es sino una varita mágica capaz de subir y bajar todo tipo de compases y fluidos ocultos. Fantasía e hilaridad para intensificar un concierto sinfónico al que la mayoría de los asistentes no acudirían sino fuera porque consigue como pocos representar la intensa emoción de aquellas escenas celebérrimas que todos guardamos en nuestra memoria gracias a las bandas sonoras.

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