Animales nocturnos y la desolación de la liquidez Moderna

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Presentación para el XI Ciclo de Cine Psicoanálisis y Cultura celebrado en la Sede Universitaria Ciudad de Alicante el 25 de Febrero de 2017.

  1. Presentación (sin spoilers)

Animales nocturnos (Tom Ford, 2016) es una película basada en la novela de Austin Wright, publicada en 1993, con el título de Tony and Susan y aquí en España Tres noches. Títulos poco sugerentes para una gran novela que no gozó en su momento de la repercusión que se merecía. Tom Ford ha tenido el acierto de recuperarla ahora, consiguiendo hacer de ella una adaptación exquisita y brillante, un filme de gran belleza y a la vez, incómodo de ver, pero no de manera gratuita, sino perfectamente coherente con el principal argumento de la obra.

Adelanto también que Tom Ford es un director atípico pues ha sido el diseñador jefe durante veinte años de grandes marcas de moda, como Gucci o Yves Saint Laurent y ésta es sólo su segunda incursión en el cine. Sin embargo, con su primera película, A single man (2009) ya consiguió quedarse a las puertas del Gran Premio del Jurado del Festival de Venecia, galardón que, finalmente, con Animales nocturnos ha conseguido, además de nueve nominaciones a los premios Bafta (incluida mejor guión y director), Globo de Oro y nominación al Óscar al mejor actor de reparto… Lo que quiero decir es que se trata de una gran cinta, muy inteligente y metafórica; desde la poesía visual, el género psicológico, el noir e incluso el thriller, Animales nocturnos acaba hablándonos de algo mucho más trascendente, que tiene que ver con la sociedad actual y la crisis de los valores de la sociedad Moderna.

  1. Comentario (con spoilers)

Con el eco todavía de la clasicista y sombría banda sonora de Abel Korzeniowski (también presente en A single man, Ford, 2009), el filme deja al espectador exhausto tras bucear en las oscuras, aunque bellas aguas sublimadas, del trauma. A lo largo de toda la trama el autor ha conseguido mantener la expectación, (la nuestra y la de la propia protagonista) de un reencuentro con Edward, este exmarido que aparece tras casi veinte años para recordar, a través de su novela, algo para él de suma importancia. Pero el final no podía ser de otra manera, sino el de remarcar la pérdida, la desolación absoluta que embarga a la protagonista cuando se da cuenta de que un día renunció a sus sueños, claudicó en el empeño de hacer de ella su mejor versión y ha acabado convertida en la mujer de “ojos tristes” a la que no quería parecerse.

Y es que Tom Ford con este filme hace un alegato romántico, en el sentido original del romanticismo, del ser creativo que cree y se crea a sí mismo en rebeldía a un sistema conservador, materialista y castrador de las disidencias, refugiado en la comodidad y representado por la clase alta americana. La obra expone en forma de mea culpa, de remordimiento (todavía más viniendo de Ford, que ha formado parte de ese mundo), o en forma si se quiere de restauración justiciera, las consecuencias devastadoras que el sacrificio de los ideales más elevados tiene para la protagonista. Lo que queda tras esa renuncia es una vida vacía de significado y la soledad. En el sentido más profundo de soledad, la del individuo que se ha apartado de sí mismo.

La historia tiene la dificultad de contarse en tres planos narrativos entrelazados: uno metanarrativo, a través de la novela que ha escrito Edward, que da cuenta de forma metafórica de la devastación que supuso para él el fin de su relación; otro nivel narrativo en el que se refleja la realidad presente de Susan, a medida que ésta (a través de la lectura y los recuerdos que le suscita) va adquiriendo consciencia de lo que supuso no solo para Edward, sino también para ella, las decisiones que tomó 19 años antes; y otro plano es el de los recuerdos de Susan sobre su pasado con Edward en el que se nos va desvelando una información necesaria para componer el puzzle de la historia.

Diferentes niveles narrativos que, hay que reconocer, se entrelazan con gran maestría, sin acudir a recursos fáciles, basándose solo en el contraste: por un lado, el ritmo trepidante de la acción, a veces terrorífica, de la novela que se está leyendo y, por otro lado, esos primeros planos, lentos y reflexivos del pensamiento presente de la protagonista.

Esto nos lleva a percatarnos de uno de los temas de la película, que es el de el efecto que la obra creativa, la ficción, es capaz de inferir sobre la realidad. A medida que la lectura literaria avanza, vamos siendo testigos de la alteración y la transformación que ésta produce en Susan. Es cierto que ella lleva un tiempo intentado ponerse en contacto con Edward (como dice), pero la aparición de la novela implica un dardo directo al corazón de la herida, de la culpa eludida, a partir de la cual, ella ya no va a poder a ser la misma.

Y esto nos conduce en el principal argumento ante el que nos sitúa el filme, el punto en el que tras una larga carrera hacia el éxito, por primera vez se mira hacia atrás y se descubren los sueños abandonados (vocacionales y personales). El momento en el que se adquiere consciencia de cómo hemos frustrado, violentado y hasta aniquilado lo que más amábamos (con la misma desaprensión que lo haría un criminal como Ray Marcus) y simplemente por no atrevernos a enfrentarnos a ello, por huir del dolor, por comodidad.

Desde esta historia personal, sin embargo, Animales nocturnos está haciendo alusión a algo más trascendente: lleva a cabo una crítica a la sociedad que adolece de una pérdida de sentido, de significado; una sociedad en la que consideramos débil al romántico y fuerte al cínico, a aquel que ha desistido de luchar por lo que cree y se conforma en lo aparente y lo fácil.

También esta obra se rebela al mundo de la “liquidez moderna”, que describió tan bien el gran y recientemente fallecido Zigmunt Bauman, en el que todo, incluso las relaciones, se han convertido en objetos de consumo intercambiables. Relaciones líquidas, cómodas y superfluas que canjeamos ante la incapacidad de asumir el reto que suponen para nosotros (“A veces no es buena idea cambiar mucho las cosas” Dice Susan, ya bajo los efectos de lo que despierta en ella la novela de su exmarido y mirando a la mujer de la cara retocada; o como decía Edward: “Cuando amas a alguien, lo solucionas… no puedes huir de los problemas”). El mensaje de esta película muestra que el fin de una relación o un aborto (en el contexto en que lo vive Susan) puede conllevar algo mucho más trascendente de lo que creíamos. Que no se puede pasar página sin más, aunque en un primer momento así lo creamos.

Y en última instancia, esta película muestra que la creación, el arte genuino, la insistencia en aquello amamos y que para nosotros tiene significado, es la manera en la que es posible conseguir modificar la realidad y a nosotros mismos.

Y estos argumentos son modernos, actuales, auque no son nuevos. Algo de la tristeza que destila Animales nocturnos, de la perversión que se deriva de la renuncia a los sueños, recuerda a otras grandes películas: Revolucionary Road (Sam Mendes, 2009), donde el mismo Michael Shannon que aquí resuelve el papel del heroico teniente Andes, da aquel apabullante discurso en el que reprende a su hermano (Leonardo DiCaprio) por haber renunciado a sus sueños; también nos recuerda a Brandom (Michael Fasbender) de la película Shame (Steve McQueen, 2011), el joven de éxito incapaz de mantener una relación verdaderamente íntima; nos recuerda, cómo no, a la celebérrima Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961), a aquel escritor frustrado y a aquella errabunda Holly que, que cabalgaba entre la vida superficial y la más profunda soledad y que, como su gato sin nombre, lo que realmente buscaba era pertenecer a algo o a alguien. Y nos recuerda finalmente a la película actual de mayor éxito de público: La La Land ( Damien Chazelle, 2016), que reivindica, de nuevo, el empeño por los sueños personales a la vez que da cuenta de la pérdida que supone su olvido.

Cito solo algunas, pero son muchas más las obras cinematográficas y series de televisión que tratan este tema que parece evidenciar una demanda actual que ya no es solo psicológica, sino sociológica.

En un contexto social en el que la profesión, el trabajo, ha dejado de servir a la conformación de la identidad individual (sencillamente porque no hay trabajo para todos y es previsible que no pueda haberlo nunca), en este contexto, las ficciones de nuestra cultura, como expresión del imaginario colectivo, viran hacia un nuevo romanticismo, hacia la búsqueda del significado al margen de los grandes estamentos de la sociedad Moderna, industrial y racionalista, actualmente en crisis (sería interesante analizar la relación entre el éxito de Desayuno con diamantes pocos años antes de la revolución del 68 y el de una película como La la land en la actualidad, por ejemplo). Los protagonistas de estas historias ponen el énfasis en la búsqueda o añoranza del sentido perdido, de aquello que nos hace ser nosotros mismos. Y, generalmente, usan la metáfora de la expresión creativa para ponerlo en valor: una canción hace brotar la emoción contenida en el Brandom de Shame cuando escucha cantar a su hermana New York New York, convertido en un himno de decepción, de cinismo frente a las expectativas de antaño; una canción (Moon River) descubre la añoranza y fragilidad de Holly en Desayuno con Diamantes; una canción es el hilo de la relación entre Sebastian y Mía en La La land, que acabará convertida en un eco frustrado del pasado. Nunca las obras, canciones o novelas, como la de Edward en esta película que hoy hemos visto de Tom Ford, han trasmitido tanta añoranza por lo perdido, nunca han servido para evidenciar tanta pérdida. Como ahora.

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