Lady Macbeth: la furia de los oprimidos

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“Psicópata” o “asesina inmoral” son algunas de las flores que le han dedicado los críticos. Pero la protagonista de la película de Oldroyd parece más una hipérbole de la ira desatada que subyace en la represión de nuestras sociedades, ¿quizá por eso se asusta tanto?

Contaba el relato de Las zapatillas rojas que una anciana con carroza dorada recogió a una niña que vivía en el bosque, asilvestrada, como un lobo. La lavó, la peinó, la vistió impecablemente y arrojó al fuego las andrajosas zapatillas rojas que la niña se había cosido para correr por el monte. Con ellas, se acabaron también sus juegos y sus risas, los aromas y sonidos que la advertían de la tormenta o el depredador. Desapareció también la compañía de su sombra, esa que hace que no te sientas nunca sola. Y un hambre silenciosa se apoderó de la joven domesticada.

Solo hizo falta que saltara una chispa, unos zapatos rojos que le recordaron vagamente a aquellos perdidos, “brillantes como las frambuesas o las granadas” (¡tan inapropiados para ir a la iglesia!). Era tal su deseo que, al ponérselos, sus pies bailaban solos. Primero se los pondría a escondidas, pero muy pronto su adicción a ellos sería imparable y la locura se desataría. Los zapatos la hicieron bailar por las calles, a través de los campos llenos de barro, por las colinas y los valles bajo la lluvia. Cuando quiso ir en una dirección, sus zapatos la llevaron por otra. Quiso parar a descansar pero los zapatos no la dejaron. Pasó por su hogar y vio que la anciana que la adoptó había muerto y no pudo detenerse. Vio que un niño imploraba ayuda y pasó de largo. Pisoteó todo lo que se interpusiera en su camino, con su baile irrefrenable y aterrador.

Rojo sangre, como el deseo postergado. Y una grieta que lo despierta (esa grieta que aparece cuanto más rígido es el control). Así es el deseo de Lady Macbeth (Oldroyd, 2017), como lo fue el deseo de Emma Recchi en Io Sonno l’amore (Guadagnino, 2010), mayor y más roja su sangre, como la del parlamentario Stephen Fleming en Herida (Malle, 1992), como la de la doctora Carmichael en la magnífica serie Apple tree yeard (2017). Así es también la adicción narcisista de Brandom en Shame (McQueen, 2011), el profesional ambicioso y deshumanizado. Sin embargo, en el filme de Oldroyd (basado en el cuento ruso de Leskov, no en la novela de Shakespeare) llegamos a empatizar hasta tal punto con la joven-vórtice del huracán, porque la causa de la opresión a la que reacciona nada tiene que ver con ella. Su victimidad se muestra bien resuelta, impuesta por la sociedad en la que vive y aliñada por la frialdad de un marido igualmente reprimido. Es entonces, más como el deseo de la trágica Anna Karenina, rojo, como la nieve rusa teñida de sangre. Como el deseo de Lady Di estampándose contra los muros de un subterráneo que desveló para siempre la farsa de una monarquía hasta entonces intocable.

(Seguir leyendo en Píkara Magazine)

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