Y el hombre se hizo musa: ‘I love Dick’

Jill Soloway (‘Transparent’) ha convertido en serie la obra de culto de Chris Kraus: las cartas de amor dirigidas a Dick (dick: ‘pene’, en inglés) con las que consiguió transcender su delirio amoroso y crear un manifiesto feminista que restablece el poder de las ‘female losers’, las perdedoras demasiado inteligentes.

I love Dick 3
Kevin Bacon y Kathryn Hahn protagonizan ‘I love Dick’

Querido hombre,

Hay luna llena y tengo una crisis creativa. Por circunstancias que no he elegido (conscientemente) me encuentro atrapada aquí, en este espacio extraño que has creado a tu imagen y semejanza. Un lugar surgido de la nada y habitado por personajes excéntricos que tienen algo de Doctor en Alaska (1990) y algo del tempo y la arena de Bagdag Café (1987), pero sobre todo es el lugar del que surgió aquel solitario e invulnerable héroe del wéstern. Un territorio sin ley donde tú reinas omnipotente sin aparente necesidad de nada ni de nadie. Has edificado concienzudamente este escenario en el que haces entrada sobre tu caballo, con botas y sombrero de pistolero, mientras tu público (que somos todas las demás) te seguimos desde abajo en las gradas.

Eres como uno de esos dólmenes que exhibes en mitad del desierto o como ese ladrillo que fue tu primera piedra. Una obra de arte pétrea que nadie puede tocar. Un señor que se toma muy en serio. Y no te gusto. Me quieres lejos. Recelas de mi desde el primer momento, quizá porque descubrieras el caos que lleva asido el aire que desprendo al moverme. Mi iniciativa te descompone. Mi deseo. Mi poder.

He perdido mucho tiempo preguntándome por qué no eras capaz de construir una historia en la que yo pudiera gozar de un margen de acción y decidir cuándo y cómo, ajena a tu control; por qué era tan difícil para ti desempeñar el papel intercambiable de una historia escrita a dos manos. Pero ya lo sé, entiendo tu temor a perder la posición que adquiriste con tanto esfuerzo para sobrellevar la impotencia.

Por eso ahora te escribo, por eso te invoco, ¡oh, muso! No es mi condición permanecer contenida, amoldándome invariablemente a ti. Siempre a la espera de tu palabra o aprobación. He salido de tu historia en la que debía ser un personaje arrinconado, pero no he renunciado a mi deseo. De hecho, me he escapado de tu historia porque no he renunciado a él. No había espacio ahí en tu mundo para mi (aunque fuera un universo preparado con tanto empeño, qué pena). Por eso ahora he convertido mi anhelo en la materia prima de mi propia obra. Ahora soy yo la que te cuenta.

Sé que al hacerlo, he hecho trizas al personaje idílico que habías construido. Aquí ya no eres tú el creador, no eres el Dios, sino su objeto, oh, muso. El objeto de mi deseo, de mi invención. Perdona, querido hombre, por usurpar tu puesto, desde el que tanto tiempo has jugado a amarme, a idolatrarme, a piropearme…, desde tu podium blanco, intocable. Perdona, por no servirte de barro modelado, de piedra colocada según tu riguroso orden bajo un título inmortal. Perdona que te haga de carne y hueso, dócil y maleable para mi. Perdona por ser ahora yo la que te cuenta.

I love Dick
La protagonista escribe cartas de amor incendiarias con las que sublimar su calentón.

Te revuelves. Escucho rechinar tus dientes de furia. Te sientes incómodo e incluso violado: has puesto palabras a mi enfado histórico, y te lo agradezco. Pero no pienses que lo hago por venganza, ni por ideología o convencimiento. Te escribo públicamente por mi amor hacia ti. Adoro ese personaje carismático en quien te has convertido (no fui yo quien trazó los definidos contornos de tu paquete, de tu sombrero de ala ancha, ni quien imaginó el sonido implacable de tus botas apoderándose de la tierra que pisan). Eres tú quien te disfrazaste del sublime objeto que provoca mi obsesión. Es esa distancia tuya, que cuidas tan deliberadamente, lo que te convierte en musa. Cuanto más me apartas, más se infla esta burbuja delirante. A pesar de ti.

Ante tu rechazo, podría haberme reprimido y perder una vez más. Pero, no: con cada luna, daré cauce a mis hormonas exaltadas y el mundo entero sabrá lo que es una mujer y de la fuerza intensísima de su libertad. Me zambulliré en papel y haré correr regueros de letras desbordando la mansa oscuridad del cajón mudo. Porque nada he de esconder. Todo es glorioso en mi.

Es verdad que, a partir de este momento, oh, muso, ya jamás serás libre del todo. Tendrás que convivir para siempre con la idea de ti que yo construya, te guste o no. Perderás el control de tu propia imagen. Así que comprendo que llores como un niño porque no te queda otra que acostumbrarte a la idea. Al llorar, quizá acabes por sacar algo bueno de todo esto, abandones tu personaje, este lugar sin ley que edificaste y alcances a ser una persona más flexible y amplia. Liberado, por fin, del peso enorme de tu paquete, de tu mando, de tu control, escucharás sin miedo lo que tengo que decir y una brisa dócil y cercana pueda refrescar los contornos de tu presencia.

Weil, Kraus y Soloway
De derecha a izquierda: la filósofa Simone Weil, la novelista Chris Kraus y la directora Jill Soloway.

P.D.

‘Querido Dick’ (dick: ‘pene’, en inglés), es el juego de palabras y la introducción de las cartas de amor incendiarias con las que una mujer sublimó su calentón o deseo, liberándose, al hacerlo, de su adoración por el becerro. En ocho capítulos de media hora, devorarás como pipas el estilo impío de Jill Soloway, la creadora de la serie, apoyada principalmente en la guionista Sara Gubbins y en la directora Andrea Arnold, como ya hiciera en Transparent. De nuevo, el ritmo perfecto, la poesía brillante y la peculiar manera de adentrarse en la psicología de los personajes. De nuevo, la capacidad de encenderte tanto emocional como intelectualmente y de mantener el difícil equilibrio entre la profundidad y la ironía.

Pero, además, I love Dick es otra cosa. Es un experimento artístico de gran potencia narrativa. No vas a encontrar en ella el tono desencantado, en toda la insondable expresión de la palabra, que emana la historia de Maura Pfefferman y familia. Aquí el vacío es superado por la arrolladora fuerza creativa de una historia que es la adaptación de la novela homónima de culto en la que Chris Kraus (1997) representó el ascenso de las ‘female loser’ (las mujeres perdedoras) demasiado inteligentes. La obra está relatada autobiográficamente desde el delirio sexual que se apoderó de la autora por un teórico cultural y que pudo superar gracias al efecto que las palabras de Simone Weil tuvieron, no solo en esta novela, sino en toda su obra:

“Descender a la fuente de los deseos para arrancarle la energía a su objeto. Allí es donde, en tanto que energía, los deseos son verdaderos. Lo falso es el objeto”. (La gravedad y la gracia’, Simone Weil, 1947).

Si algo incorporó para sí Kraus del misticismo de esta gran filósofa y heroína de guerra, fue la capacidad del arte para sublimar y ascender a través de ‘la gracia’ lo que sin ella solo es gravedad y tiende a caer por su peso. Convertir una dependencia, aún más: la infinita falta, en una fuente inagotable de luz.

Artículo original para Píkara Magazine.

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